Plantas
Rosas Azules
Durante siglos, las rosas azules han simbolizado lo extraordinario y lo imposible. Aunque existen variedades de tonos violáceos y flores teñidas artificialmente, conseguir una rosa con un color azul intenso ha sido un desafío para la ciencia.
Ahora, investigadores japoneses han logrado acercarse más a ese objetivo mediante ingeniería genética y una estrategia que combina pigmentos con otras moléculas capaces de intensificar su tonalidad.

Por qué las rosas no son azules de forma natural
Las rosas pueden producir pigmentos que generan colores rojos, rosados y amarillos, pero carecen de ciertos mecanismos biológicos necesarios para fabricar los pigmentos azules presentes en otras flores.
En 2004, un equipo de investigadores consiguió modificar genéticamente una rosa para que produjera delfinidina, un pigmento asociado al color azul en numerosas especies vegetales. Sin embargo, el resultado fue una flor de tonalidad púrpura, no el azul que los científicos buscaban.
El descubrimiento demostró que producir un pigmento azul no bastaba para transformar el aspecto de los pétalos. También era necesario comprender cómo interactúan los distintos compuestos químicos dentro de la flor.
El papel de las moléculas que intensifican el color
Las flores que presentan tonalidades azules de manera natural no dependen únicamente de sus pigmentos. Algunas contienen otras sustancias, prácticamente incoloras, conocidas como copigmentos, que interactúan con los pigmentos y modifican el color que percibimos.
Entre estas sustancias se encuentran los flavonoides denominados flavonas C-glucósidos. Su presencia puede estabilizar los pigmentos y favorecer tonalidades más intensamente azules.
Los investigadores del Suntory Global Innovation Center, en Japón, utilizaron este mecanismo para avanzar en el desarrollo de rosas más azules. El equipo incorporó cuatro genes procedentes de otras especies de flores, con el objetivo de que los pétalos produjeran tanto los pigmentos adecuados como los copigmentos necesarios.
Cuatro genes para cambiar el color
El equipo combinó genes de distintas plantas para modificar la producción de compuestos en los pétalos. Uno procedía de la campánula, mientras que otros tres procedían de flores como la torenia y la genciana.
Esta combinación permitió que las rosas acumularan malvidina, un pigmento derivado de la delfinidina, e isoorientina, un copigmento que contribuye a intensificar la tonalidad azulada.
Los experimentos mostraron que las flores con mayores concentraciones de copigmentos presentaban un color más azulado. El resultado fue una rosa descrita como violeta azulada, un avance respecto a las variedades anteriores, que tendían a mostrar tonalidades más púrpuras.
La investigación se presentó en agosto de 2026 durante el Congreso Internacional de Horticultura celebrado en Kioto, Japón.
Un color estable en condiciones reales
Además de conseguir una tonalidad más azulada, los investigadores estudiaron si el color se mantenía fuera de las condiciones controladas de laboratorio.
Las rosas modificadas conservaron su coloración durante tres años de ensayos de campo en Colombia, uno de los principales países productores de rosas, según los resultados presentados por el equipo. También se observaron flores con esta tonalidad durante varios años en pruebas realizadas en invernaderos japoneses.
La estabilidad del color es un factor importante para una posible aplicación comercial, ya que las flores deben mantener su apariencia durante el cultivo y la producción.
Aun así, el resultado no representa todavía una rosa de un azul puro e intenso. Los propios investigadores consideran que todavía es posible perfeccionar la tonalidad y mejorar su estabilidad.
Más posibilidades para la horticultura
El conocimiento obtenido podría servir para modificar los colores de otras especies ornamentales. Comprender cómo interactúan los pigmentos y los copigmentos abre nuevas vías para desarrollar flores con tonalidades difíciles de conseguir mediante el mejoramiento convencional.
La investigación también muestra que el color de una flor no depende de una única molécula, sino de una combinación de factores genéticos y químicos. Esta perspectiva podría ayudar a diseñar nuevas variedades con características específicas.
Sin embargo, el desarrollo de plantas modificadas genéticamente también requiere evaluar sus características agronómicas, su comportamiento durante el cultivo y las condiciones necesarias para su comercialización.

Conclusión
La creación de rosas más azules demuestra cómo la ingeniería genética puede aprovechar procesos naturales presentes en otras flores para conseguir nuevos colores. Al combinar pigmentos y copigmentos, los investigadores japoneses han logrado una tonalidad violeta azulada más marcada y estable.
Aunque todavía no se ha alcanzado el azul puro que durante tanto tiempo ha inspirado a científicos y amantes de las flores, el avance permite comprender mejor los mecanismos que determinan su color. La clave no estaba únicamente en fabricar un pigmento azul, sino en conseguir que otras moléculas potenciaran su efecto.